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El arbitro
El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza.
Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera.
Cuánto más lo odian, más lo necesitan. Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.
Eduardo Galeano, El fútbol Sol y sombra
Entrenar significa formar personas
Las responsabilidades de un formador de fútbol que está más tiempo con su alumno que un profesor de cualquier asignatura en el colegio, no se basa meramente en el aspecto técnico, sino también en la transmisión de valores educativos, sociales y formativos a los jóvenes que en un futuro muy cercano serán ciudadanos adultos. De ahí la importancia que tiene el papel del formador en las etapas formativas de sus alumnos en los clubes de futbol.
El formador debe saber que los jóvenes entre 7 y 12 años de un club Fútbol pertenecen a la generación más influenciable y moldeable que tenemos en el fútbol y no sólo del punto de vista del aprendizaje técnico, táctico, cognitivo y físico.
Entrenar a los jóvenes significa más bien formar y formar es monitorear permanentemente su conducta con el objetivo de que el alumno adquiera con no sólo habilidades, capacidades y conocimientos específicos de fútbol, sino a través de ellos construir hábitos y actitudes correctas que les ayudan en el campo de juego como en la vida.
Pedro José Gómez Sierra
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